La mujer estiró el cuello y aulló como un lobo.
Se mesó los cabellos hasta que sus puños se llenaron de mechones arrancados. Con esos mismos puños golpeó la tierra apagada.
Ay, ay, el joven estaba muerto.
De pronto se levantó de un salto, con mirada salvaje.
“No le toquéis hasta que vuelva”, ordenó, y corrió hasta el árbol bodhi para echarse a los pies del buda.
“Oh, tú, el iluminado- lloró. Mi hijo está muerto. Si de verdad eres el maestro, devuélvele la vida”.
El buda abrió los ojos.
Quizá quería hablarle de la inevitabilidad del nacimiento y la muerte para los no iluminados, pero debió de ver el polvo de los sueños en los ojos de la mujer, así que le dijo: “Sigue adelante y tráeme un puñado de grano de una casa que la muerte no haya visitado y te devolveré a tu hijo”.
Llena de gratitud y alegría, ella hizo varias reverencias antes de iniciar la búsqueda. Buscó y buscó y buscó...
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