Hecha jirones su ropa, en su estado tan precario como iba. Precario simulado, pues sus condiciones económicas por supuesto que le permitían ir mejor, pero le gustaba sentirse así: como un pasajero, un ser próximo a la naturaleza, sin necesidad de ponerse elegante para alcanzar la belleza. Su belleza residía en esa despreocupación, que parecía decir "Si me arreglara, verías cómo de guapo soy", que incitaba a descubrir detrás de aquellos ropajes, de aquella máscara envolvente que de vez en cuando adivinaba rotos.
No había leído mucho sobre la religión, pero sí que conocía la idea básica del infierno. Él se consideraba en cierto modo como un reptil: necesitaba el sol tanto como ellos. Le proporcionaba luz, calor y vida. Por ello, siempre que podía estaba al sol, incluso en verano. Los días soleados y calurosos eran una bendición. En cambio, el frío no lo soportaba. Por ello pensaba si la idea del infierno incandescente, repleto de fuego y llamas, no era una idea equivocada. Para él, el infierno debería ser algo próximo al frío, a la nieve, a una reducida luz, a un sentise desprotegido y necesitar cubrise, con lo que cubrías tu belleza. Para él, el infierno sólo difería en una letra de su significado: era el invierno. Claro que, cada uno tendrá el suyo particular.
Así pues, se hallaba en su infierno estacional, allí encaramado en la plaza de aquel pueblo en lo alto, bajo una de aquellas farolas que tanto le gustaban: las negras que formaban un tridente a lo alto, con una especie de candiles; y junto a la barandilla que casi daba al precipicio, meciéndose entre el pensamiento de una persona en tierra firme que realmente vive, y el pensamiento de un pájaro que sobrevuela toda forma de vida.
Se durmió allí, mientras se apretaba las manos contra la entrepierna, para calentárselas. La gente, lejos de lo quería él, ni se alejaba ni se acercaba. Permanecía impasible, vivían su vida y no parecían mezclarse ambas esferas, a modo de estamentos cerrados.
-Un alma rota, supongo.
Se sobresaltó. Quién iría a despertarle ahora, que había concebido el sueño y estaba aletargado.
Miró al sitio de donde provenía la voz. El otro lado de la farola.
-Y atormentada por este frío.-contestó el chico.
La sombra se acercó, hasta ponerse al lado de él. Se llamaba Noa. Atendía el bar de la plaza, aquel al que nuestro chico iba a hacer sus necesidades cuando así lo necesitaba, pero obviamente, sin pagar.
Noa no iba como él, en cuanto a ropa se refiere. Parecía que se había escapado de casa. También era un alma rota, o compungida, como le decía mismamente.
La conversación duró poco. Pensaba el chico que no era bueno establecer con alguien una amistad tan pronto. El mundo le había enseñado que debía ir en todo más despacio: las cosas rápidas son rápidas, e imperfectas. No dan tiempo a forjar una perfección.
Así, no volvieron a hablar hasta dentro de tres días. El chico entraba al bar de Noa cabizbajo, pensando en si debería consumir, pero no tenía dinero; o si en miccionar en la calle, pero eso le deshonraría. Así, se limitaba a pensar "Ojos que no ven, corazón que no siente", y entraba al bar sin mirar a nadie, se sentía como no visto.
Hablaban por la noche, irregularmente. Más o menos cada tres días. Luego cada dos. Finalmente, todas las noches.
La amistad estaba empezando a forjarse. No hacía falta contarse problemas, ya que cada cual consideraría el suyo más importante. Por ello, tenían una empatía en la que cuidaban el uno del otro.
-Me gusta estar contigo, pero no te quiero.
-Yo tampoco.
Pero en el fondo, se necesitaban. Necesitaban tener a alguien que los necesitase.
Esa cercanía y esa necesidad lanzaban sus labios al aire. Se besaban con una fuerza tremenda. Se besaban, se acostaban, y de vez en cuando se oía un
Ya no duermo, ya no como, ya no sé si puedo ir organizando mis ideas, sacar fuerzas de donde no tengo para levantarme...
No olvidaban sus historias amorosas anteriores. Pero se necesitaban. Hacían el amor y se pegaban. Era una escena extraña. Mientras lo hacían, incluso llegaron a los puñetazos una vez. Tanto uno como otro. Se imaginaban estar con la otra persona, y debían romper la imagen creada en su cabeza, a la vez que descargaban su ira.
Hoy te saco de mi cama y de mi historia, de mi vida y de todas mis memorias, hoy te saco de mi cuerpo para no volverte a amar..., era el canto de la pelea.
Pero en uno de aquellos forcejeos, donde Noa le pegó un puñetazo en el pecho al chico, y éste le devolvió uno en la boca, Noa cayó al suelo. El chico se acercó, cuidándole, hasta que ambos vieron desde el suelo, en la parte más inferior del banco de piedra, una inscripción: "Y en él, ocurrían extrañezas, tanto buenas como malas. A cada uno lo que se merece".
Ni pensaron en la inscripción. ¿Quién merecería algo bueno? Ellos siguieron sus andanzas. Besos. Lágrimas. Sexo. Golpes. Necesidad.
¿Y quién dice que no siguieron así por mucho tiempo? ¿Y que tras tantos años de esta práctica no surgió el amor? Y que sabían que estaban juntos no por ellos, sino por las otras personas. Y que se comprarían una casa y vivirían juntos. Y que los golpes seguían, pero los necesitaban. Y que un día tendrían esta conversación:
-¿Me querías? -No. -Yo tampoco
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