Quizá nos lo explique mejor Diana.
Diana decía que el amor era como caminar de puntillas. Elegante, bello, excitante, pero también delicado, frágil, hiriente. Tardes que pasaba arreglándose, cambiando de vestido y maquillándose. Odiaba la moda pero no le importaba, sólo quería ser la más guapa para cuando se encontrara con Matías.
Sus amigas no se metían con ella en sí, pero sí que le reprochaban que hubiera cambiado tanto por alguien. Y encima que siempre terminaba tan arreglada en el mismo sitio: una princesa en un banco de la plaza.
Pero era su banco, el sitio donde no sabían por qué pero siempre acaban allí. Quizá fuera porque fue allí donde se vieron por primera vez, ya no recordaban hacía cuanto.
Fue en este banco donde se decían cosas como Eres cielo y tierra, sed y lluvia... Fue aquí donde se dieron la mano por primera vez. Tímidamente, y que luego se convertiría en una ligadura más de su cuerpo. Diana lo miraba a los ojos, como su dios, un ángel, un sueño que vivía y que amaba.
Diana lo contaba todo a su amiga Elena. Tenían una relación muy estrecha, así que Diana le contaba no sólo cómo era su mundo de rosas y algodón de azúcar; sino también sus miedos, a estropear todo. Al andar de puntillas se podía hacer sangre si forzaba mucho la verticalidad; pero un relajamiento excesivo supondría la caída; y buscaba ese equilibrio en su amiga Elena.
La amiga, le daba todos los buenos consejos que podía, aunque no eran muchos puesto que ella nunca había tenido pareja. A veces se encontraba muy triste, con la mirada perdida: no es que sintiera celos de Diana, pero ella también quería algo así.
Últimamente, Diana y Matías se habían distanciado un poco. Todo lo achacaban al trabajo tan diverso que tenía sobre todo él. Pero cuando se veían, marcaban un récord: de tiempo besándose, o de otras prácticas. Diana recobraba en estos momentos la capacidad de sentirse indeble ante su aliento, que le distorsionaba lo que le decía Elena: según ella, el amor se había ido como nieve que fluye en el verano, y sólo quedaba en él un deseo carnal.
Diana ahogaba todos estos pensamientos sumiéndose a la lengua de Matías, dispuesta a todo.
Pero sí que es cierto que ella empezó a creer lo mismo. Al menos, esa atención que le propiciaba al principio, ya no la tenía con ella. Intentaba hacer notar su malestar, pero era en vano. Quizás ella preparaba lo más elaborado y recibía por respuesta un simple Te Quiero: correcto pero sin más. Quizás todo esto era causa del tiempo: dicen que al principio todo es muy cuidado y la rutina es gran culpable de esa ruptura de mimos y cuidados.
Diana optó por una decisión que no quería tomar, pero lo veía como una inversión en el tiempo: le dijo a Matías que necesitaba más y que tal vez lo mejor era pasar un tiempo separados. Estaba esperando el momento en el que Matías volviera a ella, mostrándose más cariñoso y suplicante que nunca.
Sucedió lo contrario, lo que nunca hubiera esperado. Elena la llamó alardada, contándole que había visto a Matías con otra chica. Diana no la creía, o no la quería creer; pero finalmente se rindió a ello, pues la hermana de Elena también lo confirmaba.
Sin pensárselo dos veces, cogió el teléfono e intentó llamarlo, pero no pudo.
-Elena, por favor, te pido un favor como amiga. Si lo ves por msn o algo, o como sea, da igual, dile que no quiero saber nada más de él en la vida. Que ni me llame ni me pida perdón, no quiero ni un te quiero. Que no me moleste.
Y así se hizo. Sólo que Diana recibió un par de llamadas en el móvil, las cuales no cogió. Sólo que una vez le llegó una carta. La primera frase decía: "Diana, el banco donde solíamos sentarnos no se ha roto...". La cerró de golpe, no necesitaba oír disculpas, oír como una metáfora de que a pesar de todo el amor seguía vivo, no.
Parece ser que Matías desistió. Mientras tanto, Diana evitaba pasar por la plaza, aunque tuviera que rodear y hacer más camino. A veces se sentía mejor, cuando Elena la besaba y abrazaba, y preparaban cosas juntas. Pero otras veces, por la noche oía los muelles del colchón de los vecinos, y los maldecía por ello. La despertaban y le recordaban su soledad. A veces Diana se metía a la ducha, no importa cuántas veces al día, con el agua caliente, poniéndola cada vez más y más caliente, hasta llegar al punto de sentir un placer tan intenso que le hacía daño, y que alguna vez se le escapó alguna lágrima por ello.
El tiempo de Diana pasó, se casó y tuvo hijos. Un día, su hijo mayor salió a la cocina con una nota.
Mamá, ¿Qué es esto de que arrancaron un banco?
Diana empalideció. Un cúmulo de cosas se le juntaron: hacía años que no sacaba la nota del cajón. Su hijo la había encontrado. Y la había leído entera. Ella no había tenido el valor para hacerlo, pero ahora lo haría.
El banco donde solíamos sentarnos no se ha roto, lo han arrancado. Han intentado arrancarlo pero no lo conseguirán, estoy seguro.
La imagen de Elena se le vino a cabeza como un vidrio en mitad de un camino.
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